viernes, 2 de marzo de 2018

Hola, extraña

Hola, extraña,
tantos años ya
de no conocerte
de dibujarte en
las mujeres de
las películas y
de los afiches
de tenerte y no
adivinándote en
los rostros de
otras extrañas
que nunca son tú
ni siquiera algo
suficiente y yo
vuelvo a soñarte
en mis brazos en
mi cama respirando
bebiendo de la
misma taza pero
la mañana es cruel
extraña como tú
me regresa a la
calle donde busco
como sabueso tu
voz que nunca he
escuchado yo me
pregunto si algún
día vendrás, extraña.




Ian García Varona

viernes, 9 de febrero de 2018

Goodbye, stranger


Goodbye, stranger


Caminó por la acera más transitada. Los acordes de una canción ya olvidada lo acecharon en la segunda esquina. Miró el cielo, las nubes se despintaban, la noche amenazaba ya. Pero no pudo evitar detenerse. Un transeúnte anónimo lo golpeó al pasar a su lado, tal vez por accidente. Pero no le prestó atención, daba vueltas como un perro hambriento tratando de encontrar la música. Se abrió paso a través del cardumen de obreros. Pronto se encontró en un callejón desprovisto de toda luz. Al cabo de un momento se dio cuenta que todo estaba en completo silencio. Esa noche tarareó la tonada hasta quedarse dormido, pensando en calles empapadas de lluvia, en librerías antiguas, en unas manos morenas. A la mañana siguiente no pudo recordar la canción.



Ian García Varona

viernes, 2 de febrero de 2018

Invierno, otra vez

Invierno, otra vez

Si al menos te hubieras muerto podría extrañarte,
mira lo que quedó de tu amor eterno,
ahora yo también me he marchado,
y ya nada nos hará volver.


Ian García Varona

jueves, 30 de noviembre de 2017

Memories, that's all

A veces siento aquí como que los recuerdos me están matando, siento y respiro todo lo que alguna vez fuiste tú, que en realidad es como si hubiera sido sólo yo, tal vez fue así, te ansío aunque ya te fuiste y no volverás, no como algo triste, sólo como algo cierto, te escucho como a un fantasma que recorre los pasillos de una casa vacía y oscura como un cliché y como un cliché me imagino que desayuno contigo que duermo contigo que existo contigo, y a veces me visto en silencio y presiento que me observas como a algo inevitable, o que yo trato de no observarte, quién sabe, a lo mejor nos mentíamos pero eso no es verdad, lo sé en estos ojos que son tan viejos ya, en una o dos fotografías que conservo debajo del colchón, en una poema de Efraín Huerta que tal vez no fue escrito para nosotros, pero cómo no, si nos hablaba entre sueños, en las noches eternas después de ti, aunque nadie sepa cómo y cuánto te quise, ahora sólo tenemos el sabor de la memoria, de los recuerdos tan cercanos que duelen y los que son apenas una evocación, y el miedo a la muerte y al olvido y a que las canciones ya no signifiquen nada y a volverte encontrar y que no logres recordar de dónde te parece familiar mi rostro, aunque me diga una y otra vez las palabras y aunque me de cuenta que no hay nada más en mí que una repetición, que una profunda nostalgia y una visible reiteración de toda la música y toda la literatura y todo el cine que me han afectado (y que a veces me habla sólo de ti). Tal vez te des cuenta que el cansancio me hizo dormir durante la tarde y desperté con sabor a ti. Necesitaba escribirte, hablarte, aunque tú no lo vuelvas a saber. Pero no te preocupes, ya se me pasará, así suele pasar.

lunes, 20 de noviembre de 2017

Monólogo

Escucho los pasos llegar y sé a qué vienen, llegan y nos condenan a un destino irreparable, pero que está ahí, el pelotón se alista y yo los miro y siento que las tripas vuelan antes de que haya sonado el primer disparo, las rosas caen después y mi madre llora, pero eso todavía no, ahora me enfrento a mí mismo en un espejo que se parece a mí, a dónde se fueron los años y las horas desperdiciadas en no se qué, en pensar en ti y en pensar en todo, sin mirar nunca los árboles, escuchando un susurro interminable y las botas y los agujeros que todavía  no son agujeros y los colores que pronto serán sólo negro y mi padre que mirará mi cuerpo desbaratado y mi vejiga que se vacía mientras miro al frente y miro los ojos, todos iguales, los rostros agrietados y las comisuras de los labios resecas y espero el grito de fuego y no puedo cerrar los ojos y no puedo desviar la vista, siento los piquetes antes de que duelan y siento abrirse dentro de mí un montón de gotas y mis huesos no se quiebran pero se doblan y caigo pesado y el polvo de la tierra se levanta y el polvo de las armas se apaga y apesta a mí y apesta a las armas y se esfuma todo y se me olvidan todos y te me olvidas tú y te me olvidas todo y ya no recuerdo nada y ya no me imagino nada, un hombre se me acerca antes de que deje de pensar y ya no alcanzo a darme cuenta de nada, tal vez porque ya ha dejado de importarme o tal vez porque me doy cuenta que me acabo de morir y, después de todo, es lo mismo.


Ian García Varona

lunes, 23 de octubre de 2017

Réquiem

Réquiem

No me puedo quejar de nada,
fui un niño feliz: crecí escuchando a The Beatles y leyendo sin descanso,
jugué fútbol y practiqué tae Kwon do, aunque nunca fui muy bueno en ninguno,
pero lo disfruté,
empecé a escribir a los once o doce años
recibí una mención de honor al salir de la primaria,
viví en Oaxaca y fui feliz,
ahí descubrí mis emociones, mis sensaciones y a mis primeros amigos eternos,
conocí las calles del centro de noche,
fui a mis primeras fiestas,
aprendí a anudarme la corbata,
descubrí mi verdadera vocación,
después entré a la prepa de mis sueños,
conocí a mis mejores amigos,
también conocí mis peores miedos y mis peores dolores,
aprendí a ser consciente del mundo a mi alrededor,
aprendí lo que es sentirse sólo,
aprendí lo que es sentirse devastado,
pero también aprendí el valor de la lealtad y del amor,
me enamoré de la chica más hermosa que puedas imaginar,
y creo que ella me amó a mí,
tuve un par de años tan felices que jamás creí merecerlos,
pero los aproveché,
con ella descubrí la pasión hacia las cosas más sencillas,
hacia el mundo entero,
me sentí inspirado y me sentí correspondido,
entré a estudiar cine,
me enamoré del arte y de las ciencias sociales,
dirigí un corto regular,
escribí cuentos y una novela y poemas (siempre escribí),
vi cientos de películas hermosas, leí cientos de libros increíbles y lloré con unas cuantas docenas de canciones,
produje otro corto
planeé otro proyecto que no terminó,
perdí contacto con muchos de mis  amigos,
y a ella la perdí.
Sé que no debería quejarme, tengo tan sólo veinte años y he logrado sentir y vivir y crear más que muchos en una vida entera.
Pero es que fui tan feliz.
Y a veces creo que no regresará.
Esta enfermedad me come las entrañas, me deja exhausto, y cada vez más débil para regresar al ring.
A veces pienso si esto es todo, si abusé de la suerte, de la felicidad que me tocaba en esta vida.
Me pregunto si esto es todo.
No lo pienso como algo malo, lo único que quiero es que termine esta noche tan larga.
Justo hoy escribí la última actualización de mis libros y películas favoritas.
No voy a dejar de luchar, no se confundan, voy a salir ahí y plantar la cara hasta que ya no me quede una gota de energía,
es sólo qué...,
ya sé que no debo quejarme, que no debo exigir, tuve una vida increíble.
Sólo quisiera saber si existe algo mejor en el futuro que esta nube que se cierne sobre mí.
Sería lindo saber si sí.
Sería algo saber si no.


Ian García Varona

jueves, 12 de octubre de 2017

Cerca de mi hay una fuente de avispas

Cerca de mi hay una fuente de avispas

Hoy volví a imaginar lo mucho 
que me gustaría no ser yo
Me veo en cada reflejo 
y siento este cuero ajeno,
me enferma ver cada espejo
cada charco de agua y cada pantalla
Intento arrancarme la piel,
pero cada que intento jalarla
se adhiere más y más
hasta que la siento en los huesos 
me tiro en la cama e intento pensar 
en algo más, en algo más

En mis pensamientos siento la invasión total del agua 
y me hundo en este mar,
no me ahogo, ni siquiera hay tos
sólo estoy aquí
esperando
esperando
Aquí es cuando mi cuerpo sólo responde
a la memoria muscular
que aveces funciona
y las más
no

Cada lugar, cuarto y celda
me atemoriza
Una fuerza que desconozco me hace quedarme
y me siento como la primer y última 
gota de un diluvio 
que piensa todo el tiempo en 
que se sentiría ser
una bolita de granizo

Algún día saldré corriendo,
en el camino me desnudare
mientras mi garganta emite
un sonido largo y sordo
Todo esto pasará mientras yo,
ajeno a mi propio cuerpo,
me espió por la ventana
del mismo pesero de siempre.

Día 32 (Orión)

Orión,
¿a dónde has ido?,
ya sólo quedamos hombres
sobre estas escalinatas inmensas
cubiertas de polvo,
polvo cubierto de huellas,
huellas de los que ya no están aquí,
me pregunto si algunas son tuyas,
quizá un polvo nuevo ya las cubrió,
pero, ahora que lo pienso,
es probable que hayan desaparecido,
aunque no podríamos estar seguros,
es difícil acariciar el paso del tiempo,
las noches son las mismas,
las mañanas y las tardes
esconden el sol bajo un cielo de lluvia
que nunca termina por llover,
los hombres aquí añoran todo lo de allá,
cada día se marchan más,
de dos en dos o de cinco en cinco,
algún día quedaré sólo yo,
creo que si me voy te encontraré
y no estoy seguro de merecerlo, aún,
Orión.

Ian García Varona

martes, 20 de junio de 2017

Manzana

Manzana

Alguna vez intenté explicarle a mis compañeros de la carrera porque la canción "Manzana" de los Enanitos era una de las mejores canciones para cantar entre amigos; cuando finalizó estuvieron de acuerdo en que era una buena composición, pero que no entendían a qué me refería con que aquello era genial para corear entre todos.

En cambio, con mis compañeros de prepa, nunca fue necesaria una explicación, aunque la mayoría de las veces ya sólo somos Mauricio, Jocsan y yo y ya han pasado más de dos años (y tal vez precisamente a la ausencia de tantos y al paso del tiempo) sigue existiendo esa complicidad de un vínculo extraño y que hasta ahora seguimos sin saber muy bien qué lo ha definido, y, desde que comienza la canción hasta que finaliza, nosotros cantamos (cada vez más alto y todo: letra, música, balbuceos, jadeos, tarareos) y mientras cantamos nos miramos todo el tiempo, a veces de frente y a veces de reojo y siempre con una media sonrisa en el rostro que no se atreve a despegar, más que nada el gesto que provocan los recuerdos que, aunque nostálgicos, se resisten a volverse tristes y se resisten a volverse material digno de novela de Marcel Proust y se acercan tímidamente al de un filme de Linklater.

Recuerdo que la primera vez que la cantamos íbamos en el pequeño Spark azul de Jocsan (que fue de todos y que, como le ocurre a cualquier vehículo que valga la pena, fue vendido apenas se acabó la prepa), yo iba atrás y Jocsan y Mauricio iban enfrente, conduciendo y seleccionando la música respectivamente, estoy seguro que a lado mío venía una persona que bien podía haber sido dos o tres personas y que también eran parte del grupo y recuerdo que todos comenzaron a cantar de memoria, probablemente no fue así, pero yo, que no me sabia la canción, me sentí perdido por un momento y al cabo de un momento ya me encontraba repitiendo pedazos inconexos del coro.

Luego no sé qué sucedió, otro día, idéntico, en el Spark azul, mismas personas, mismas posiciones, la canción volvió a sonar, sin haberla escuchado de nuevo desde aquel primer día, me encontré repitiendo cada verso de memoria y al final, cuando hubo terminado y fue sucedida por otra canción menos importante, todos sentimos como que algo había sucedido en ese pequeño espacio y, por un acuerdo tácito, se convirtió en nuestro himno.

Y la volveríamos a cantar juntos muchas veces más, después de clases, durante clases en las que no estábamos presentes, fiestas, autos, y todos nos la sabíamos (o al menos eso llegó a creer), y todos éramos varios, además de Mauricio, Jocsan y yo eran también Andrea, Cecilia, César, Hiram, Nadia, Ollin, Timmy y muchas otras personas que solían ir y venir y con nombres tan diversos como imposibles de enumerar.

Y la canción se volvió un pretexto, también se volvió una dedicatoria con todas las de la ley para Janeth: sincera, descontextualizada de todo lo demás (a excepción de la felicidad) y, más que nada, se volvió una nostalgia extraña, un recuerdo de algún momento siempre distinto y siempre irrepetible.

Aquel ha sido uno de los mejores años de mi vida. Las tristezas eran pocas y cortas, las alegrías eran muchas y extensas, y el dolor sólo estaba reservado para cosas que valiesen la pena.

Después la prepa terminó y, como un mal cliché, todos nos separamos y la canción se volvió una casualidad extraña en el aleatorio de mi celular.

Y de repente nos volvimos ajenos a lo que éramos antes (no sólo la canción, también las ideas, la esperanza, la ambición, el deseo), nos sentimos solos, decepcionados, débiles, y el mundo aprovechó para volvernos pequeños (a nosotros que siempre fuimos pequeños y que sólo entre nosotros conseguíamos sentirnos grandes) y después de un tiempo tuvimos que reagruparnos y darnos cuenta que éramos cada vez menos, y aun así cantar la canción de nuevo y regresar no a sentirnos valientes, pero sí a sentir algo que se pareciese a la valentía y esperar, con el temor fatalista de lo inevitable, que la próxima vez que nos viéramos fuéramos los mismos o incluso más, pero nunca menos (sabiendo que no sería así).

La última vez que recuerdo fue en enero en el cumpleaños de Jocsan, él, Mauricio, yo, la canción fue elegida con una precisión matemática detrás de una lista de canciones que no podían sino llevarnos inevitablemente a nuestro himno: el clímax; la cantamos como siempre la cantamos y nos turnamos las frases que siempre nos turnamos (todo sin un acuerdo más allá de una mirada fugaz), llegamos al final burlesque, tarareándolo todo y cuando acabó nos miramos los tres, me parece recordar, que, sonriendo abiertamente, Jocsan me miró y me dijo algo así como: "Creo que nos sabemos demasiado bien esa canción".


Ian García Varona

martes, 9 de mayo de 2017

37.

Escucho y pienso en ti,
el calor terrible que persigue la ciudad desde noviembre,
los embotellamientos, etc.
y todo eso.

Nada de esto tiene nada de ti,
sin embargo todo me sabe a ti.

No es que quiera ser romántico, la verdad,
sólo quiero que sepas que pienso en ti.


Ian García Varona